Yo estuve allí. Viajé al epicentro de la histeria colectiva, al origen de los más oscuros y profundos temores del ser humano. Temores inducidos, inoculados en el subconsciente común a base de la explotación del pathos por parte de aquellos que carecen de algún atisbo de ethos y hace mucho tiempo que renunciaron al logos. Un topónimo, un lugar, una palabra forjada a fuego en el averno de la consciencia, un punto en un mapa, unas coordenadas en las que se escribió parte de la Historia. Aquella parte que simboliza la vergüenza del ser humano, el desprecio por el prójimo, el totalitarismo de un régimen en decadencia, la barbarie contra los suyos. Yo estuve allí, yo estuve en Chernobyl.
Sin embargo, estuve donde pocos han estado, en el corazón mismo de la central nuclear. Caminé por los mismos pasillos por los que, aquella noche, corrieron decenas de técnicos, ingenieros y militares… sobre todo militares. Me senté en la sala de control del reactor, donde la tragedia se persiguió hasta encontrártela de cara, hablé con trabajadores que aquella noche estaban allí y que seguían allí, en la misma central, más de 20 años después. Sobre sus hombros la carga injusta de un pasado que no buscaron, forjado en la pirámide del Partido a base de teléfonos rojos y Kalashnikov en la sien. Algunos se suicidaron después, no aguantaron ese peso, la Madre Patria era implacable.
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